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Cuándo miramos la ciudad siendo niños ó jóvenes, ¿qué vemos?. Si hiciste el esfuerzo, con 14 años digamos, de observar Marbella, ¿que viste?, o mejor, ¿qué recuerdas que viste?
El Tiempo que entre todos hemos impulsado, ¿hacia dónde ha ido?, ¿dónde nos encontramos ahora?, ¿en qué momento nos hemos detenido?, ¿es el momento?.
El tiempo que ha pasado se delimita por la Marbella de entonces y la ciudad de aquí. Y ha ocurrido en un santiamén. Para sorpresa de todos los que seguimos contando los minutos de esta ciudad la suma de días, años y momentos es igual a un suspiro. Cuántos suspiros, ¿treinta mil?, demasiados, quince mil a lo sumo. Aunque con cinco mil bastarían para un impulso.
El límite de mi incrédula niñez fueron unas calles interminables, de plátanos de indias recién plantados, alineados por el sol de la siesta, calles que por mucho que las recorríamos no tenían final, salvo una mañana que se nos escapó el perro y lo alcancé donde ya no había paseo marítimo, en el borde mismo de la inocencia. La gente se conocía entonces, había pocas sombras todavía pero en pleno verano teníamos noches de jerseys. El tiempo no se detuvo, como yo ignorante esperaba, y la juventud llegó de inmediato, coincidiendo con las huertas que rodeaban la ciudad por el oeste y el norte, algunas amuralladas por villas y otras cegadas por bloques de hoteles aislados. Los primeros clubs de playa donde las casas reales aireaban sus humedades.
La mañana que empezó la juventud, un día de sol y nubes veloces de septiembre del 72, recuerdo que la ciudad, aunque edificada, estaba rodeada de bosques, rocas y agua. Y empezó el venir desde el este por la carretera de la costa, girar por las arenas de Cabopino, aparecer la bahía con el poniente nuevo del Atlántico… hasta que sin avisar terminó la interminable juventud.
[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=»1/3″][vc_column_text]Y aquí estamos: impulsa, impulsados, impulsando. Adjetivo y verbo, que da lo mismo. Es el tiempo actual lo que importa. Es la mirada, que contiene las ideas, no la ideología, y con quince mil miradas habría, aunque cinco mil serían suficientes, cada una con sus recuerdos; del zigzag de carriles bici, de tranvía deslizante o tren subterráneo, de ciudad que educa niños libres, de plan estratégico y no del sucedáneo.
No dejar de mirar la ciudad a la vez que la impulsamos, o no dejar de impulsarla con la mirada, individual y colectiva, colaborando y no devorando.
Circulan demasiados coches, exhalando malos humos, cargados de tecnología que apesta, conecta y aliena, coches llenos de radicales libres. Transporte insostenible de relumbrón, audis metalizados que avanzan suaves por la alfombra, de la urbanización a la Alameda, de Benahavís a la Plaza de los Naranjos, todo por asomarse al balcón. Y mientras nos talan los plátanos de indias, con tan mala sombra.
Hace unos años, una larga tarde de principios de verano, me llegó un correo electrónico al que respondí que sí ignorando lo que suponía, y propuse un tranvía que tocara su campana descaradamente por Ricardo Soriano. Al día siguiente, en la terraza del bar del mercado, ya me estaba atrapando una resaca de marea baja, y cuando te arrastra la resaca no te puedes agarrar a nada salvo al mismo mar que te lleva.
Pronto vinieron mañanas, semanas y meses de gente dando a luz ideas propias, surgidas con la misma rabia del poniente. Nos daba risa la política bipartidista y cegata. Se apilaban los cuadernos de notas en cafés transversales. A veces surgían murmullos de tormenta y sonaba la lluvia fina del jaleo, pero nunca descargaba, porque ¿quién recuerda una lluvia de verdad en esta ciudad? Más notas, más cuadernos, más cafés, más poniente.[/vc_column_text][/vc_column][vc_column width=»1/3″][vc_column_text]
Y aquí estamos, la ciudad frente a su espejo, Marbella que quiere ser Océano. La ciudad por fin Atlántico. El colmo del siglo pasado, la ciudad imán absorta en su propio horizonte racheado.
Que no nos pase como siempre, que de tanto pensar en un futuro que no existe y mirar por el retrovisor a un pasado imaginario nos damos día a día de bruces con la muralla del presente: la economía estacional, las borracheras baratas, el ladrillo adorado, las comisiones de comisionistas, los porcentajes de chantajistas y, maldita sea, la sonrisa del político sobornado.
Me quedo con impulsando, me recuerda a ciudadanos libres y en movimiento.
©José María Sánchez Alfonso, marzo de 2019.
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